martes, 25 de abril de 2023

La memoria del subconsciente

Hay muchos tipos de memoria: a corto plazo, a largo plazo, episódica, semántica, testicular (recuerdas lo que te sale de los huevos), retrógrada…

Pero hay una que está presente mucho antes que todas esas y de la cual ni siquiera percibimos que está ahí: la memoria del subconsciente.

Te lo voy a contar con tres pequeñas historias reales.

Eustaquio

Eustaquio le tiene miedo a bañarse en la playa, piscinas, ríos, lagos… Le tiene auténtico pavor. Y cada vez que se pregunta el porqué no sabe la respuesta. No tiene ningún trauma propio ni ajeno con bañarse. Por más que lo piensa, no sabe cuál es la razón, pero es sólo pensar en acercarse al agua y le entra una fuerte ansiedad. Y así pasan los años. Eustaquio tiene pavor a bañarse y no encuentra la respuesta.

Hasta que un día todo se resuelve cuando le dicen:

—Cuando eras un bebé estuviste a punto de morir ahogado en una piscina.

¡Un bebé! La criatura de Eustaquio tenía meses cuando eso ocurrió y, obviamente, él no lo recuerda. Pero sí su subconsciente. 

 

Loli y Paqui

Loli y Paqui eran muy amigas desde pequeñas hasta que algo ocurrió y dejaron de hablarse durante más de 30 años. Cuando les pregunta por qué no se hablan, ellas contestan:

—No recuerdo por qué nos enfadamos, pero sí recuerdo que no quiero saber nada de ella.

Ninguna recuerda el motivo de su enfado, pero su subconsciente sí recuerda la rabia que sintieron cuando ocurrió.

 

Pepe

Pepe tiene un trauma por algo que ocurrió hace muchos años. Hay una palabra que le da nombre a aquel trauma, pero él no la recuerda.

—¿Cuál es la palabra?

—No lo sé, pero si me dices 100 palabras te diré cuál es —responde Pepe.

—¿Al decirla la recordarás?

—No, al escucharla me dará un escalofrío.

Pepe no recuerda esa palabra, pero su subconsciente sí. Y cada vez que la escucha,
el subconsciente le envía una alarma en forma de escalofrío.
 

lunes, 13 de febrero de 2023

La lágrima más bella (Microrrelato)

Me dijiste que no era el lugar, sino la compañía la que escribía en nuestro corazón los buenos momentos. Me lo escribiste en una carta estando en Nueva York, en nuestro primer viaje después de la mayoría de edad de nuestros hijos. Sus partos fueron las tres más bellas obras de amor que hemos dibujado en el mundo. Y cada una de sus sonrisas son los mejores versos escritos.
 
Pero las cosas han cambiado, ellos tienen sus vidas y ahora sólo quedamos tú y yo. Sé que estando aquí, permanentemente a tu lado, no haré que la situación actual mejore. Pero no es sino junto a ti donde quiero dormirme cada noche. El café sabe distinto lejos de tu respirar. La música ayuda a superar los días pero, a veces, cuando estoy triste, dejo la habitación en silencio y apoyo mi oreja sobre tu corazón. Te juro por la vida de nuestros hijos que te escucho hablar con cada latido. Como si fueran sílabas encadenando palabras. Y es tu corazón el mejor narrador posible.

Cuando leo tumbado junto a ti en la cama, en ocasiones lloro incapaz de concentrarme. Este dolor por momentos es tan grande que me siento anulado como persona y como esposo. Intento ser fuerte, cambiar la voz cuando hablo con alguien pero se me antoja harto complicado. Algunos días pesan demasiado.

Echo de menos que me des con el codo en el costado cuando digo algo fuera de lugar. Añoro el sudor del verano en tu espalda y la lluvia de Irlanda haciéndonos tiritar como dos idiotas por olvidar el paraguas en el hotel. Necesito que vuelvas a regañarme por no confiar en la gente, por quedarme dormido viendo una de esas películas insoportables que tanto te gustan. Daría años de vida por ello. Pasear por las calles de Italia mientras haces el ridículo intentando ese italiano tan pobre como mis bizcochos. Volver a nuestro barrio preferido de París, a nuestra querida casa, y armar nuestra propia revolución francesa bajo las sábanas. Visitar a nuestros amigos de la infancia y tomarnos unas copas mientras pones cara agria cada vez que bebes vino. Visitar todos los museos del mundo. Pintarnos el uno al otro y acabar con nuestros cuerpos llenos de pintura. Te echo tanto de menos…

No te voy a engañar: nada ha sido fácil estos últimos seis meses. La tristeza ha desayunado conmigo cada día. Las lágrimas saben amargas. El sol parece alumbrar menos y las noches han perdido un poco de su belleza. He perdido unos pocos de kilos porque mi estómago parece haberse puesto en huelga de hambre hasta que vuelvas. Está siendo un camino muy empedrado.

Eso sí, lo que nunca me he sentido es solo. Tenías razón: no es el lugar, sino la compañía. A tu lado hasta las penurias merecen la pena. Aunque no estés del todo aquí, me asusta que me riñas por olvidarme de nuestro aniversario, así que aquí tienes tu carta de cada año. Encima de la mesa tienes un ramo de hortensias, tus favoritas. Quizá el día de mañana, al no verlas, creerás que te miento. Pero una enfermera es testigo de que no me he olvidado de nuestro aniversario. Dentro del ramo hay un sobre con una entrada de Bruce Springsteen para el concierto de Estocolmo de la próxima primavera.

Mantengo la esperanza intacta a pesar de todo. Créeme, ojalá ese accidente lo hubiera tenido yo. Ojalá no fueras tú la que estuviese en esa cama rodeada de cables. Ojalá fuera mi cuerpo el que estuviese en coma… Pero nos toca aguantar estoicos esta lucha. Juntos. Y si es la muerte lo que nos espera, espero que tenga suficiente fuerza para cargarnos a los dos en su espalda. Más así no será nuestra historia.

Despertarás. Algo me dice que muy pronto. Lo primero que harás será quejarte de lo mal pintadas que están las paredes de este hospital. Después criticarás mi ropa, mi pelo y mi barba. Y lo siguiente será ir a comprarte un vestido de boda porque… ¡Manuel se nos casa! ¡Nuestro hijo se casa! Así que espero que pronto dejes de hacer cuento, dejes de exagerar, abras los ojos y volvamos a vivir. Nuestro camino no se terminará aquí. No hasta que te convenza de que Phill Collins es mejor que Bruce.

Hasta entonces estaré aquí, en esta angosta habitación del hospital, sentado en este sillón junto a tu lado. Mirándote cada rincón de la piel como lo que siempre fue, un enigma a resolver para mí conciencia. Escuchando tu respirar suave como las olas en la orilla. Peinando tu pelo rubio, cortándote las uñas, echándote tu crema para que no se te reseque la piel, bañándote cada mañana con la luz del amanecer entrando por esta ventana que no para de chirriar…

¡Y queda una última sorpresa! Aquí es cuando me darías una colleja por dejar una noticia así para el final. Si hasta en este momento, mientras escribo la carta, pareces respirar enfadada. Ya sabes lo que me gusta hacerme el interesante… ¡¡La niña… va a ser mamá!! ¡¡Y nosotros abuelos!! ¡Será una niña y la llamará como tú! La verdad es que nuestra hija nunca se ha caracterizado por tener buen gusto.

No te diré que te quiero, porque prefiero demostrártelo cada segundo de nuestra vida.

De la vida que tanto nos queda por vivir.

 

PD: He estado escribiendo esta carta entre lágrimas durante dos semanas, sin estar seguro de qué decirte. La había dado por terminada, pero ha ocurrido algo. He llorado la lágrima más bella de mi vida: cuando has movido la mano.

sábado, 17 de diciembre de 2022

Cualquiera puede ser un hijo de puta

Este título no lo he puesto para retarte a serlo, sino para avisarte. Seguramente ya sabrás que cualquiera puede ser un hijo de puta… Incluso puede que tú ya lo seas.
 
Bien, a lo que voy que me disperso: las personas con diversidad funcional también pueden serlo. Ea, ya está dicho. Es más, tenemos más motivos porque guardamos mucho rencor.
 
Ahora en serio. Al hablar de personas con diversidad funcional automáticamente salen los prejuicios: pobrecito, tiene que estar mu triste, seguro que es un cacho de pan, una persona que sufre así no puede ser mala gente, vamos a tratarlo como un niño pequeño, con lástima…
 
Pero no, los hijos de puta son personas y las que tienen diversidad funcional también son personas. 
 
Ya está, no tengo más que decir. Solo eso: que cualquiera puede ser un hijo de puta. Menos los que venden higos, esos son santos.

domingo, 27 de noviembre de 2022

Coaching motivacionales y la dictadura de la felicidad

He cerrado una página con agradables vistas solo para escribir esta publicación. Joder, ¡qué ganas le tenía! Este tema es muy delicado, así que voy a tratar con cuidado para disimular que los coaching motivacionales son gilipollas. Y si tú crees férreamente en sus ideas, también disimularé a la hora de cuestionar tu embarrado coeficiente intelectual.

No es que ponga en duda las buenas intenciones los que se dedican a hacer este tipo de charlas, pero la cocaína durante un tiempo se les daba a los niños como medicamento y no por ello estaba bien. Bueno, tampoco lo está ahora. Pero no me extrañaría que algunos coaching motivacionales tenga como objetivo lucrarse de quienes andan perdidos. ¡Vaya! Al final sí que he puesto en duda sus intenciones. Qué torpe estoy…

Voy a partir mis argumentos desde la base de que la motivación es útil. Más que útil es necesaria. En esos estamos todos de acuerdo. Si has vivido el “no hay huevos” de tus amigos una noche de borrachera, sabrás la diferencia entre la motivación y la inconsciencia.

Una charla motivacional es útil. Las hay que tienen pepitas de oro maravillosas. Personas que son un ejemplo de superación y su situación junto a sus palabras te inyectan una dosis de fuerza interior que es de agradecer. Aportan. Suman. Hasta que…

Hasta que aparecen los que se dedican a dar continuas charlas para motivarte y emplean una serie de premisas que son puras aberraciones. Y crean esa tendencia social actual llamada “La dictadura de felicidad”.

Si no eres feliz es por tu culpa, dicen. Malos gatillazos os regale la vida…

He llegado a escuchar la siguiente frase: haz que cada persona que se acerque a ti se vaya siendo un poquito más feliz. Es decir, ¿no tengo bastante con ocuparme de mi felicidad que debo hacerlo también con todo aquel que se me acerque?

La dictadura de la felicidad nos obliga a ser felices. Todo lo que no sea eso es un fracaso. Has fracasado. Eres un fracasado. Tu vida debe de girar en torno a la búsqueda de la felicidad porque, al parecer, conseguirla o no depende únicamente de nuestra actitud. Por lo visto no hay factores ajenos que nos complican la vida.

Enhamed Enhamed, nadador español con ceguera y paralímpico, dijo en una charla algo así como (lo digo con mis palabras):

“Creo que la motivación está sobrevalorada, la vida también es esa parte de esfuerzo cuando no tienes ganas”.

Y ahí es donde yo quería llegar. ¿Ser felices siempre? Ojalá; lo firmo y sacrifico todas las vírgenes que hagan falta. ¿Ser felices siempre es posible? No, a no ser que te haga feliz sacrificar vírgenes y que no te pillen.

La vida, por desgracia, tiene momentos malos con los que vas a tener que aprender a lidiar. La vida también es eso que nos hace estar alicaídos. Y no, la culpa no es de tu actitud. Es que la vida es muy suya y sus condiciones son una montaña rusa emocional.

No pasa nada. Está bien estar mal. Estar mal está bien.

Y esta parte de la vida va a estar quieras tú o no. Le pongas actitud o no. Sacrifiques vírgenes o no. Y el peligro de los coaching es que tratan de hacer ignorar esta “cara B” de la vida. Si no la miro no está, si no la
miro no está… Ya se irá. Ya se resolverán los problemas mientras yo me carcomo las entrañas buscando una felicidad utópica.
Porque sí, a veces ser feliz es imposible.

Esa “cara B” va a estar ahí y puede que no se vaya hasta que no la soluciones. Vas a tener que mirar a la vida a los ojos y vas a tener que romperte para poder volver a construirte. No por mirar a otro lado lo vas a solucionar.

Y tienes dos opciones: escuchar esa “cara B” y superarlo o, por otro lado, puedes hacer oídos sordos. Pero con actitud, eh.

Como dice Ozelot en su canción ‘Señuelo’:

“Si... ¡Sé que no se puede estar bien siempre!

La naturaleza del placer es ser intermitente

Así que empieza por asumir que nunca serás completamente feliz

Y así quizás llegues a serlo parcialmente”.

 

Finalmente, te dejo una canción de Tote King y Rozalén que hablan sobre el tema: