Hay muchos tipos
de memoria: a corto plazo, a largo plazo, episódica, semántica, testicular
(recuerdas lo que te sale de los huevos), retrógrada…
Pero hay una que
está presente mucho antes que todas esas y de la cual ni siquiera percibimos
que está ahí: la memoria del subconsciente.
Te lo voy a
contar con tres pequeñas historias reales.
Eustaquio
Eustaquio le
tiene miedo a bañarse en la playa, piscinas, ríos, lagos… Le tiene auténtico
pavor. Y cada vez que se pregunta el porqué no sabe la respuesta. No tiene
ningún trauma propio ni ajeno con bañarse. Por más que lo piensa, no sabe cuál
es la razón, pero es sólo pensar en acercarse al agua y le entra una fuerte
ansiedad. Y así pasan los años. Eustaquio tiene pavor a bañarse y no encuentra
la respuesta.
Hasta que un día
todo se resuelve cuando le dicen:
—Cuando eras un bebé estuviste a punto de
morir ahogado en una piscina.
¡Un bebé! La
criatura de Eustaquio tenía meses cuando eso ocurrió y, obviamente, él no lo
recuerda. Pero sí su subconsciente.
Loli y Paqui
Loli y Paqui
eran muy amigas desde pequeñas hasta que algo ocurrió y dejaron de hablarse
durante más de 30 años. Cuando les pregunta por qué no se hablan, ellas
contestan:
—No recuerdo
por qué nos enfadamos, pero sí recuerdo que no quiero saber nada de ella.
Ninguna
recuerda el motivo de su enfado, pero su subconsciente sí recuerda la rabia que
sintieron cuando ocurrió.
Pepe
Pepe tiene un
trauma por algo que ocurrió hace muchos años. Hay una palabra que le da nombre
a aquel trauma, pero él no la recuerda.
—¿Cuál es la
palabra?
—No lo sé,
pero si me dices 100 palabras te diré cuál es —responde Pepe.
—¿Al decirla
la recordarás?
—No, al
escucharla me dará un escalofrío.
Pepe no
recuerda esa palabra, pero su subconsciente sí. Y cada vez que la escucha, el
subconsciente le envía una alarma en forma de escalofrío.
Me dijiste que no era
el lugar, sino la compañía la que escribía en nuestro corazón los buenos
momentos. Me lo escribiste en una carta estando en Nueva York, en nuestro
primer viaje después de la mayoría de edad de nuestros hijos. Sus partos fueron
las tres más bellas obras de amor que hemos dibujado en el mundo. Y cada una de
sus sonrisas son los mejores versos escritos.
Pero las cosas han
cambiado, ellos tienen sus vidas y ahora sólo quedamos tú y yo. Sé que estando
aquí, permanentemente a tu lado, no haré que la situación actual mejore. Pero
no es sino junto a ti donde quiero dormirme cada noche. El café sabe distinto
lejos de tu respirar. La música ayuda a superar los días pero, a veces, cuando
estoy triste, dejo la habitación en silencio y apoyo mi oreja sobre tu corazón.
Te juro por la vida de nuestros hijos que te escucho hablar con cada latido.
Como si fueran sílabas encadenando palabras. Y es tu corazón el mejor narrador
posible.
Cuando leo tumbado
junto a ti en la cama, en ocasiones lloro incapaz de concentrarme. Este dolor
por momentos es tan grande que me siento anulado como persona y como esposo.
Intento ser fuerte, cambiar la voz cuando hablo con alguien pero se me antoja
harto complicado. Algunos días pesan demasiado.
Echo de menos que me
des con el codo en el costado cuando digo algo fuera de lugar. Añoro el sudor
del verano en tu espalda y la lluvia de Irlanda haciéndonos tiritar como dos
idiotas por olvidar el paraguas en el hotel. Necesito que vuelvas a regañarme por
no confiar en la gente, por quedarme dormido viendo una de esas películas
insoportables que tanto te gustan. Daría años de vida por ello. Pasear por las
calles de Italia mientras haces el ridículo intentando ese italiano tan pobre
como mis bizcochos. Volver a nuestro barrio preferido de París, a nuestra
querida casa, y armar nuestra propia revolución francesa bajo las sábanas.
Visitar a nuestros amigos de la infancia y tomarnos unas copas mientras pones
cara agria cada vez que bebes vino. Visitar todos los museos del mundo.
Pintarnos el uno al otro y acabar con nuestros cuerpos llenos de pintura. Te
echo tanto de menos…
No te voy a engañar:
nada ha sido fácil estos últimos seis meses. La tristeza ha desayunado conmigo
cada día. Las lágrimas saben amargas. El sol parece alumbrar menos y las noches
han perdido un poco de su belleza. He perdido unos pocos de kilos porque mi
estómago parece haberse puesto en huelga de hambre hasta que vuelvas. Está
siendo un camino muy empedrado.
Eso sí, lo que nunca
me he sentido es solo. Tenías razón: no es el lugar, sino la compañía. A tu
lado hasta las penurias merecen la pena. Aunque no estés del todo aquí, me
asusta que me riñas por olvidarme de nuestro aniversario, así que aquí tienes
tu carta de cada año. Encima de la mesa tienes un ramo de hortensias, tus
favoritas. Quizá el día de mañana, al no verlas, creerás que te miento. Pero
una enfermera es testigo de que no me he olvidado de nuestro aniversario.
Dentro del ramo hay un sobre con una entrada de Bruce Springsteen para el concierto
de Estocolmo de la próxima primavera.
Mantengo la esperanza
intacta a pesar de todo. Créeme, ojalá ese accidente lo hubiera tenido yo.
Ojalá no fueras tú la que estuviese en esa cama rodeada de cables. Ojalá fuera
mi cuerpo el que estuviese en coma… Pero nos toca aguantar estoicos esta lucha.
Juntos. Y si es la muerte lo que nos espera, espero que tenga suficiente fuerza
para cargarnos a los dos en su espalda. Más así no será nuestra historia.
Despertarás. Algo me
dice que muy pronto. Lo primero que harás será quejarte de lo mal pintadas que
están las paredes de este hospital. Después criticarás mi ropa, mi pelo y mi
barba. Y lo siguiente será ir a comprarte un vestido de boda porque… ¡Manuel se
nos casa! ¡Nuestro hijo se casa! Así que espero que pronto dejes de hacer
cuento, dejes de exagerar, abras los ojos y volvamos a vivir. Nuestro camino no
se terminará aquí. No hasta que te convenza de que Phill Collins es mejor que
Bruce.
Hasta entonces estaré
aquí, en esta angosta habitación del hospital, sentado en este sillón junto a
tu lado. Mirándote cada rincón de la piel como lo que siempre fue, un enigma a
resolver para mí conciencia. Escuchando tu respirar suave como las olas en la
orilla. Peinando tu pelo rubio, cortándote las uñas, echándote tu crema para
que no se te reseque la piel, bañándote cada mañana con la luz del amanecer
entrando por esta ventana que no para de chirriar…
¡Y queda una última
sorpresa! Aquí es cuando me darías una colleja por dejar una noticia así para
el final. Si hasta en este momento, mientras escribo la carta, pareces respirar
enfadada. Ya sabes lo que me gusta hacerme el interesante… ¡¡La niña… va a ser
mamá!! ¡¡Y nosotros abuelos!! ¡Será una niña y la llamará como tú! La verdad es
que nuestra hija nunca se ha caracterizado por tener buen gusto.
No te diré que te
quiero, porque prefiero demostrártelo cada segundo de nuestra vida.
De la vida que tanto
nos queda por vivir.
PD: He estado
escribiendo esta carta entre lágrimas durante dos semanas, sin estar seguro de
qué decirte. La había dado por terminada, pero ha ocurrido algo. He llorado la
lágrima más bella de mi vida: cuando has movido la mano.
Este título no
lo he puesto para retarte a serlo, sino para avisarte. Seguramente ya sabrás
que cualquiera puede ser un hijo de puta… Incluso puede que tú ya lo seas.
Bien, a lo que
voy que me disperso: las personas con diversidad funcional también pueden
serlo. Ea, ya está dicho. Es más, tenemos más motivos porque guardamos mucho
rencor.
Ahora en serio.
Al hablar de personas con diversidad funcional automáticamente salen los
prejuicios: pobrecito, tiene que estar mu triste, seguro que es un cacho de
pan, una persona que sufre así no puede ser mala gente, vamos a tratarlo como
un niño pequeño, con lástima…
Pero no, los
hijos de puta son personas y las que tienen diversidad funcional también son
personas.
Ya está, no
tengo más que decir. Solo eso: que cualquiera puede ser un hijo de puta. Menos
los que venden higos, esos son santos.
He
cerrado una página con agradables vistas solo para escribir esta publicación.
Joder, ¡qué ganas le tenía! Este tema es muy delicado, así que voy a tratar con
cuidado para disimular que los coaching motivacionales son gilipollas. Y si tú
crees férreamente en sus ideas, también disimularé a la hora de cuestionar tu
embarrado coeficiente intelectual.
No es
que ponga en duda las buenas intenciones los que se dedican a hacer este tipo
de charlas, pero la cocaína durante un tiempo se les daba a los niños como
medicamento y no por ello estaba bien. Bueno, tampoco lo está ahora. Pero no me
extrañaría que algunos coaching motivacionales tenga como objetivo lucrarse de
quienes andan perdidos. ¡Vaya! Al final sí que he puesto en duda sus
intenciones. Qué torpe estoy…
Voy a
partir mis argumentos desde la base de que la motivación es útil. Más que útil
es necesaria. En esos estamos todos de acuerdo. Si has vivido el “no hay
huevos” de tus amigos una noche de borrachera, sabrás la diferencia entre la
motivación y la inconsciencia.
Una
charla motivacional es útil. Las hay que tienen pepitas de oro maravillosas.
Personas que son un ejemplo de superación y su situación junto a sus palabras
te inyectan una dosis de fuerza interior que es de agradecer. Aportan. Suman.
Hasta que…
Hasta
que aparecen los que se dedican a dar continuas charlas para motivarte y
emplean una serie de premisas que son puras aberraciones. Y crean esa tendencia
social actual llamada “La dictadura de felicidad”.
Si no eres feliz es por tu culpa,
dicen. Malos gatillazos os regale la vida…
He
llegado a escuchar la siguiente frase: haz que cada persona que se acerque a ti
se vaya siendo un poquito más feliz. Es decir, ¿no tengo bastante con ocuparme
de mi felicidad que debo hacerlo también con todo aquel que se me acerque?
La
dictadura de la felicidad nos obliga a ser felices. Todo lo que no sea eso es
un fracaso. Has fracasado. Eres un fracasado. Tu vida debe de girar en torno a
la búsqueda de la felicidad porque, al parecer, conseguirla o no depende
únicamente de nuestra actitud. Por lo visto no hay factores ajenos que nos
complican la vida.
Enhamed Enhamed, nadador español con ceguera y
paralímpico, dijo en una charla algo así como (lo digo con mis palabras):
“Creo que la motivación está sobrevalorada, la vida
también es esa parte de esfuerzo cuando no tienes ganas”.
Y ahí es donde yo quería llegar. ¿Ser
felices siempre? Ojalá; lo firmo y sacrifico todas las vírgenes que hagan
falta. ¿Ser felices siempre es posible? No, a no ser que te haga feliz
sacrificar vírgenes y que no te pillen.
La vida, por desgracia, tiene momentos malos con los que vas
a tener que aprender a lidiar. La vida también es eso que nos hace estar
alicaídos. Y no, la culpa no es de tu actitud. Es que la vida es muy suya y sus
condiciones son una montaña rusa emocional.
No pasa nada. Está bien estar mal. Estar
mal está bien.
Y esta parte de la vida va a estar quieras tú o no. Le
pongas actitud o no. Sacrifiques vírgenes o no. Y el peligro de los coaching es
que tratan de hacer ignorar esta “cara B” de la vida. Si no la miro no está, si no la miro no está… Ya se irá. Ya se
resolverán los problemas mientras yo me carcomo las entrañas buscando una
felicidad utópica. Porque sí, a veces ser feliz es imposible.
Esa “cara B” va a estar ahí y puede que no se vaya hasta que
no la soluciones. Vas a tener que mirar a la vida a los ojos y vas a tener que
romperte para poder volver a construirte. No por mirar a otro lado lo vas a
solucionar.
Y tienes dos opciones: escuchar esa “cara B” y superarlo o,
por otro lado, puedes hacer oídos sordos. Pero con actitud, eh.
Como dice Ozelot en su canción ‘Señuelo’:
“Si...
¡Sé que no se puede estar bien siempre!
La
naturaleza del placer es ser intermitente
Así
que empieza por asumir que nunca serás completamente feliz
Y
así quizás llegues a serlo parcialmente”.
Finalmente, te dejo una canción de Tote King y Rozalén que
hablan sobre el tema: